Las consecuencias de la IA y de la Guerra del Golfo siguen siendo notables. Hoy la distancia del precio del petróleo entre EE.UU., Europa y Asia se siguió estirando. Hay zonas que entran en crisis de deuda. Alemania tiene la mayor tasa a 10 años desde 2011. Las tecnológicas ganan fortunas y sus precios son astronómicos. Mientras tanto, la Argentina se va acercando a los vencimientos de deuda y el mercado se achica, porque el paseo por el parque de Caputo tendrá que ser por Wall Street, para ver si puede rolear lo que viene
Algunas veces, se sabe cuándo y por qué empiezan las cosas, pero no se sabe cómo y cuando terminan. En 2022 Putin invadió Ucrania y dijo en 3 días el asunto estará liquidado. Y ahora, el 28 de febrero Trump dijo que la guerra con Irán estaría terminada en cuatro o cinco semanas, y mañana se cumplen 8 semanas y lo que hay por delante sigue siendo incierto.
Hace muy pocos días, desde Teherán afirmaron que Irán no tenía ningún apuro, porque al que le apremiaban los tiempos era a Trump, por la elección de medio término en noviembre en EE.UU. Pero ahora Trump es el que dice: “yo no tengo ningún apuro, tenemos los puertos iraníes bloqueados y su economía se está resquebrajando, en algún momento se van a tener que sentar y aceptar los términos para finalizar la contienda”.
Lo particular del caso es que, mientras EE.UU. es el principal exportador de energía del mundo, con el dominio ahora del petróleo venezolano, el bloqueo al Golfo Pérsico le está haciendo mucho más daño a las zonas del mundo no petroleras, como Europa, China, Japón, India y Corea. Mientras que EE.UU. está exportando como nunca y con valores que casi duplican a los precios que tenía el barril de crudo hace muy pocos meses, lo cual está achicando el déficit comercial norteamericano, bajando la deuda y achicando su
déficit fiscal.
Mientras que, del otro lado, se destacan casos como el de Alemania, que acaba de reducir la estimación de su crecimiento del PBI anual del 1 al 0,5%. Pero además está entrando en el club de los países que van ingresando en una posible crisis de deuda. En 2022, al final de la pandemia de covid, los bonos alemanes valían tanto que su tasa a 10 años llegó a ser negativa de más de 0,5%, mientras que hoy la cotización de los T10Bund se hundió de tal manera que su tasa a vencimiento supera el 3% anual, algo que no pasaba desde 2011, cuando la UE tambaleó por la crisis de deuda de España, Italia y Grecia, que parecía desmembrar al grupo.
Pero, además de esto, hay otros dos factores. Uno sigue siendo, por supuesto, la presión de Putin sobre Ucrania y sobre toda la Unión Europea, ahora con una OTAN más frágil (al punto que Reuters publicó que EE.UU. evalúa retirar el apoyo diplomático a las “posesiones imperiales” europeas, citando explícitamente a las islas Malvinas). Pero quizás el factor más grave es de corto plazo que por el bloqueo yankee a Ormuz provoca en este momento una distancia entre los precios del barril: el WTI norteamericano cerró hoy a US$ 94, el europeo Brent terminó a US$ 105, al tiempo que en los puertos asiáticos se está pagando US$ 109.
Estas diferencias, por supuesto, favorecen a los países productores de petróleo, les genera costos más bajos y de alguna manera les genera productividad en comparación con las regiones que se vuelven dependientes de la importación de energía. De hecho, aquí, en Argentina, YPF (empresa que domina el mercado) subió los precios de las naftas 22% en marzo, mientras que en casi todo el mundo subieron más de 35%. El número uno de la petrolera nacional, Horacio Marín, dijo que se mantendrá el precio planchado por 45 días, a la espera de que las cosas se normalicen. Pero hoy, ciertamente, nadie puede asegurar en qué momento se logrará algún acuerdo en el Golfo.
Todo esto está generando inestabilidad en todos los mercados. Hay preocupación por los pagos de las deudas. Y surgen diferencias notables e impensadas en muchos valores. Por ejemplo, una empresa como Intel, la mayor fabricante de microprocesadores del mundo y uno de los pilares fundamentales de la computación moderna, cuyo 10% del capital accionario pertenece al Gobierno norteamericano, acaba de saltar hoy 23,6% en Wall Street: cerró a US$ 82,54, cuando hace un año cotizaba apenas por encima de los
US$ 18, por lo que tuvo una suba anual de más del 350%.
Esto, por supuesto, es producto de la gigantesca ganancia que se está mostrando en los estados contables de las tecnológicas norteamericanas, donde por supuesto también brillan ADV o Nvidia, que por la suba de hoy se acaba de convertir en la primera empresa mundial con un valor de capitalización bursátil de más de US$ 5 B. Lo cual significa que Nvidia, una sola empresa, surgida de la economía de la inteligencia, vale 7,4 PBI argentinos.
En medio de semejante cantidad de desequilibrios, con una economía argentina que está evolucionando con forma de letra K, con algunos sectores que crecen mucho y con otros que están es clarísima recesión, el mercado argentino está ingresando lentamente en una zona de impaciencia, ya que los grandes vencimientos de deuda se van acercando, los dólares disponibles no están, no hay acceso al crédito y el 90% de los “economistas mandriles” le dice a Milei que con este dólar ni la industria ni la construcción (que son los sectores más generadores de empleo) podrán competir. Por lo que muy lentamente empieza a subir la presión sobre la compra de dólares y el desensille de títulos argentinos.
De hecho, hoy, la reacción que tuvo el mercado marcó a todos los dólares para arriba, con el contado con liqui acercándose mucho otra vez a los $ 1500. El BCRA pudo comprar dólares en el mercado local, pero la autoridad monetaria sumó muy pocas reservas. Los bonos argentinos siguen sin fuerza y el riesgo país
subió otras 14 unidades, hasta 557 puntos básicos, alejándose cada vez más del acceso al crédito voluntario internacional. Y otro elemento a tener en cuenta es que el volumen operado con acciones argentinas se redujo a un nivel mínimo, con una suba escasa para el Merval, pero con baja en bloque de hasta el 9% en las ADR argentinas en NY.
Con todo este contexto, el economista Martín Rapetti, que siempre es tan prudente que su consultora se llama Equilibra, adelantó un dato bueno: “para nosotros la inflación de abril nos está dando 2,4%, muy por debajo de marzo, con carnes y alimentos planchados. Todos nuestros clientes nos preguntan si esta
oportunidad puede ser diferente. Y yo contesto que en 2018 Mauricio Macri tuvo un déficit de cuenta corriente del 5% del PBI y Milei tiene menos del 1%. Pero, sin dudas, este tipo de cambio es malo para la mitad de la economía y, además, no es sostenible. Por eso, no veo por delante un paseo por el parque como dice el ministro Caputo, creo que tendrá que conseguir financiamiento en Wall Street porque en 2027 volverá a producirse un momento de alta presión cambiaria como en 2025”. De hecho, hoy mismo la
secretaria de Finanzas lanzó un amplísimo menú para una nueva licitación de deuda en pesos y en dólares, a realizarse el martes próximo.
Esta Argentina con “alto beta”, muy susceptible a las alteraciones del mundo, está por supuesto pendiente de lo que pase con las tasas de interés internacionales. Christine Lagarde, del BCE, acaba de decir que el banco central europeo tendrá que subir su tasa base al 4% anual. Mientras que, en EE.UU., se acaba de retirar el juicio contra Powell, porque en 3 semanas termina su mandato, y Kevin Warsh tiene el camino casi listo para asumir en la Fen en el cierre de mayo.
Con eso, pendientes de lo que pasa en el Golfo y con la gasolina, hoy hubo un mínimo retroceso para las tasas largas de EE.UU.: se pagó 3,7% anual a 1 año de plazo, 3,9% anual a 5 años, 4,3% anual a 10 años y 4,9% anual a 30 años. Y, como directa consecuencia, en el exterior el dólar subió 0,1% en China, pero bajó
contra todas las otras monedas: 0,1% en Brasil, 0,2% en México, Suiza, Chile y Japón, 0,3% contra el euro y 0,5% contra la libra.
En el mercado cambiario local, mientras tanto, las cuerdas se van tensando. Con el blue quieto, los dólares oficiales subieron y los dólares financieros crecieron aún más. Con el dólar oficial a $ 1418,45, el BCRA compró US$ 80 M en el mercado local, pero al final del día la autoridad monetaria pudo sumar reservas por apenas US$ 17 M.
Con esa estructura, el dólar oficial subió $ 5,57 hasta $ 1418,45, el dólar blue no se movió y siguió a $ 1420, el dólar senebi subió $ 8,60 hasta $ 1428,56, el dólar mep saltó $ 15,53 hasta $ 1440,13 y el contado con liqui saltó $ 19,57 hasta $ 1497,32. Por lo que, la brecha entre el oficial y el blue fue del 0% y la brecha entre el ccl y el mayorista fue del 7%.
Esta situación se concreta mientras la tasa de los plazos fijos baja más: por plata chica bajó de 21,3 a 21,2% anual (15% en bancos grandes y 25% en bancos chicos) y por plata grande la tasa siguió en 25% anual. En tanto que, con poco volumen, los bonos argentinos subieron apenas pero el riesgo pais (que se informa con
retraso) subió 14 unidades hasta 557 puntos básicos.
En papeles privados, con todos los mercados asiáticos y europeos en rojo, hubo cierre mixto en la Bolsa de Nueva York, con baja del 0,2% para el Dow, alza del 0,8% para el S&P y suba del 1,6% para el Nasdaq, muy favorecido por las tecnológicas (Intel, Nvidia, AMD y otras) que siguen abriendo agujeros donde nadie los imagina. En tanto, la Bolsa de San Pablo bajó 0,3% y la Bolsa de México subió 0,9%.
El mercado bursátil argentino salvó la ropa, pero con un volumen operado miserable. Con $ 49.732 M transados en acciones y $ 310.122 M en cedears, la Bolsa de Buenos Aires subió 0,3%. Mientras que las ADR argentinas en NY mostraron suba del 1% para Mercado Libre y baja del 1 al 9% para Bioceres, Pampa E,
Telecom, TGS, YPF y Galicia.
Y, al compás del golfo, los commodities van y vienen. El petróleo abrió en alza, pero al final bajó 2,1%. Los metales preciosos estuvieron para arriba. Los metales básicos estuvieron mixtos. En Chicago, la soja subió, pero el maíz y el trigo retrocedieron. En Rosario, el trigo fue ganador, pero con girasol, soja, maíz y sorgo en
descenso. Y, por último, el Bitcoin bajó 0,3% con respuesta similar para el resto de las criptomonedas.
Fuente: El Economista
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