2024 fue testigo de profundas transformaciones y ahora se vislumbra que 2025 será el año en que se forje la normalidad, sentando así las bases para un futuro más estable y predecible.
A días de comenzar un nuevo año es necesario replantear lo sucedido. Al comienzo de la gestión de Javier Milei, una devaluación del 128% provocó un pico de inflación. Las inversiones en instrumentos conservadores ofrecían tasas reales negativas, ya que los Fondos Money Market (MM), con retornos del 8% mensual, no alcanzaban a cubrir una inflación que corría al 20%.
Ante este escenario, incluso los inversores más conservadores, con un mínimo apetito por el riesgo, decidieron aumentar su exposición a instrumentos de mayor duración en sus carteras en busca de retornos positivos en términos reales. Pasado el primer trimestre, la solución llegó de la mano de las Lecaps, un instrumento de muy corto plazo que ofrecía tasas mensuales cercanas al 4,5%. El objetivo del Gobierno era mejorar la hoja de balance del Banco Central mediante un plan de reducción de la emisión monetaria a través de la rotación de pases a Letras del Tesoro, mientras se acompañaba con una baja de tasas.
A medida que pasaba el año, la inflación ya mostraba una clara tendencia decreciente, la brecha cambiaria se mantenía estable, y el dólar seguía un ritmo de depreciación del 2%. El componente núcleo del IPC cayó abruptamente del 9,4% en marzo al 3,9% en mayo, erosionando las expectativas inflacionarias, lo que llevó a que los retornos de los instrumentos CER cayeran 1% en julio, después de haber promediado 15% en marzo.
La demanda por cobertura de dólar, luego de haber sido el atractivo del 2023 ante la promesa del ajuste cambiario, se mantuvo deprimida a lo largo del año. Registró un pico en la demanda de junio a agosto, ante la súbita disparada de la brecha cambiaria, que alcanzó su máximo del año con un 54% a principios de julio. Hoy se sostiene sin mayor atractivo, más aún con expectativas de caída del crawling peg del 2% al 1% en algún momento del primer trimestre.
n ese contexto, el blanqueo trajo buenas noticias: los depósitos en dólares alcanzaron máximos históricos, llegando a US$ 35.000 millones, en comparación con los US$ 17.000 millones de diciembre de 2023. Los inversores que ingresaron al blanqueo optaron por conservar su moneda de origen, reflejándose en el buen desempeño de los instrumentos emitidos en dólares. Además, se crearon en pocos meses los fondos de liquidez en dólares con rendimientos más atractivos que los tradicionales plazos fijos ante la necesidad de remunerar una creciente cantidad de dólares que entraban al sistema.
Las compras del BCRA por US$ 20.000 millones durante el año sorprendieron hasta a los más optimistas. Sin embargo, las reservas brutas continúan siendo escasas, con niveles cercanos a US$ 30.000 millones, aún tras un incremento de US$ 8.400 millones.
A lo largo del año, también hubo constantes expectativas sobre potenciales acuerdos y anuncios con el FMI y otros organismos internacionales de crédito. Hoy contamos con la certeza de que el Gobierno está trabajando para finalizar un nuevo programa con financiamiento adicional, habiendo solicitado US$ 26.000 millones, con un desembolso de US$ 11.000 millones previsto para el primer trimestre de 2025.
El mercado accionario continuó dando buenas noticias con un Merval que subió 170% en el año. Esto sumado a la caída del riesgo país de 1.900 bp a 658 bp y la potencial salida del cepo cambiario, que abrieron la puerta a la reincorporación de argentina a los índices accionarios, empujando a las acciones argentinas.
Los bonos en dólares no se quedaron atrás con retornos de 150% en el año. El bono de referencia GD35 cerraba 2023 con valores del US$ 33 y cierra en torno a US$ 77. Ante la esperada caída del riesgo país ya el próximo año, tenemos expectativas muy positivas tanto para el mercado de acciones como para los bonos en dólares.
En este sentido, al ingresar en 2025, nos acercamos a un escenario macroeconómico ya en vías de consolidación, donde el equilibrio fiscal se presenta como un pilar fundamental y se promete la salida de las restricciones. El fortalecimiento de las reservas internacionales permitirá que esta transición se lleve a cabo de manera fluida, evitando eventos disruptivos tanto para los ciudadanos como para el mercado, tal como ha subrayado el ministro de Economía en sus numerosos discursos.
Una Argentina sin cepo redefinirá sin duda la manera en que invertimos, ya que las restricciones han generado distorsiones significativas, fomentando una demanda unilateral por activos “encepados” y, por lo tanto, desincentivando la diversificación.
En el ámbito de las inversiones, es común que los ciclos electorales introduzcan volatilidad: sin embargo, esta puede ser adecuadamente gestionada gracias a las mejoras en las condiciones macroeconómicas. Sin cepo mediante, el anclaje de expectativas en variables clave, permitirá una apertura hacia la diversificación y una mayor disposición a considerar activos menos conservadores. Esto se traduce en la oportunidad de incorporar instrumentos de mayor duración, aumentar la proporción de acciones en los portafolios e invertir en instrumentos con tasas reales más elevadas, anticipando un contexto de normalización en las curvas de rendimiento.
2024 fue testigo de profundas transformaciones, y ahora se vislumbra que 2025 será el año en que se forje la normalidad, sentando así las bases para un futuro más estable y predecible.
Fuente: EL Economista
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